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Homilia con Unción y Elocuencia

CAPITULO UNO

 

 

EL ARTE DE HABLAR EN PÚBLICO

Todavía es difícil saber quién fue el primer ser humano que utilizó el discurso como instrumento de transmitir ideas al público; pero, en cambio,  si sabemos de hombres que se destacaron en esta tarea, de los cuales tenemos  que aprender algo. ¿Quién no ha de sentirse inspirado por la vida de Demóstenes, orador y político ateniense, contada por Plutarco? ¿Quién es indiferente ante la vida de Cicerón, un hombre de cuna humilde, que se encumbra de tal manera que llega a ser jurista, político (cuestor, cónsul y procónsul), escritor y orador, galardonado con el honroso titulo de “Padre de la Patria”? Esos logros los consigue un hombre que se esfuerza hasta el agotamiento, porque tiene tal hambre de saber, que declara “no haber aprendido nada, mientras le queda algo por saber”.

 

Y qué del docto Saulo de Tarso (el apóstol Pablo), derrotado en el camino de Damasco por Jesús, cuyo tema constante es: “Para mi el vivir es Cristo y el morir es ganancia”. Su pasión le lleva  a enfrentarse con culturas y pueblos; personajes de toda índole en donde no faltan los Agripa o los Festo; este intrépido orador no teme a los Areopagitas, por el contrario, les presenta a aquel judío ignorante… muerto ignominiosamente (como los atenienses concebían  a Jesús). Ese Pablo que invadió el mundo de los gentiles poblándolo de comunidades cristianas; que se plantó en la capital del Imperio más poderoso con el único bagaje de su discurso.

Desconocemos dónde y cuándo se pronunció el primer discurso de la historia, pero sí sabemos que desde muy temprano el arte de hablar en público tenía una importancia trascendental.

 

Pensando en grandes de la historia, tenemos que centrarnos en uno cuya biografía aparece en la Biblia. Para quien sin un mensaje elocuente era inútil su tarea. Un líder sin el don de la oratoria, que se sentía incapaz de llevar a cabo una labor; más incapaz aún de levantar a un pueblo, de animarlo y conmoverlo; este fue el caso de Moisés, cuando Dios lo llamó. El inconveniente para llevar a cabo su misión, era que no tenía facilidad de palabras y, por lo tanto, aquello lo incapacitaba para la tarea asignada. Ante la petición de Dios, Moisés tuvo toda clase de excusas, como hallamos en Ex. 3 y 4, pero la más poderosa era la que dice:

¡Ay Señor! Nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua.  (Ex. 4: 10)

 

 

Alguien podía acogerse a la idea que Dios lo hizo todo en Moisés, y no es totalmente cierto; Moisés era un hombre preparado intelectualmente, un estadista ( el hijo de la hija de faraón) como lo demostró, pero como si fuera poco, Dios tenía preparado al ministro de “PROPAGANDA”: a Aarón.

 

La difícil tarea encomendada era convencer a Faraón y a los suyos para que dejaran salir a Israel de Egipto. Así que, además del verbo, necesitaba la autoridad  que se requiere cuando se posee el don de la oratoria, el convencimiento y, en nuestro caso, la fe,  cuando es Dios quien llama.

 

 No olvidemos que Moisés era nada más y nada menos  que el hijo de la hija de Faraón; un hombre que recibió una educación de estadista, en uno de los Imperios más importantes del mundo antiguo. Era un hombre culto al que solo le faltaba “la escuela del desierto” con la que completó su preparación.

 

La ignorancia a la que se refiere en ocasiones la Biblia, es la que corresponde a la actitud del hombre frente a Dios, no del hombre frente al hombre, ya que esta última la delimita la capacidad, el conocimiento y la cultura.

 

La referencia de Moisés es la más antigua que conocemos en relación al asunto que nos ocupa. Pero usando siempre la Biblia y respecto a nuestra fe, hemos de convenir la trascendencia que, a partir del momento en el que el pueblo  de Israel se puso en marcha, tuvieron los profetas; la labor de los mismos sería decisiva, y el método empleado fue nada más que la palabra. Siempre parados frente a un pueblo, que en muchas ocasiones no quería saber nada del mensaje enviado. Sin embargo, cada uno de ellos, en su momento, debió  hablar con la convicción de un poderoso y elocuente orador ungido por el poder del Espíritu Santo.